Imagina que entras en un restaurante
para comer. El camarero, antes de mostrarte la carta, te sirve un plato
de estofado. El plato tiene buena pinta; cuando miras a tu alrededor
ves que todo el mundo está comiendo estofado.
Cuando lo pruebas, notas que su sabor es horrible. No parece ternera
ni cerdo. Pero todos siguen con su estofado, así que supones que
tendrás que comértelo de todos modos
Ya llevas la mitad del plato cuando entra otra persona, que se
sienta en la mesa de al lado. Le sirven estofado, pero devuelve el
plato. Pide lenguado en salsa
Extrañado, te preguntas si el pescado también será tan malo como el
estofado. Ves que esa persona tarda alrededor de un cuarto de hora en
quitar todas las espinas y limpiar la pieza, pero la comida parece
gustarle. Un señor que hay sentado a tu lado se da cuenta de que estás
observando al chico del pescado, y te comenta “No entiendo como puede
comer pescado. ¡Pierde todo el tiempo tan sólo para limpiarlo!”. El
chico se da cuenta y le contesta “Pero merece la pena la espera”
Además, oyes conversaciones en las que se dice que alguno de los que
comió estofado el día anterior está con gastroenteritis, posiblemente
por comer carne en mal estado. Mientras la persona del pescado está
acabando, llama al cocinero para explicarle que el plato estaba
exquisito, pero con un poco de zumo de limón hubiera quedado más
jugoso. Decides llamar tú también al cocinero para comentarle que el
estofado es asqueroso, pero te responde que el hecho de comer estofado
te prohíbe preguntar de dónde salió la carne, y no puedes cambiar las
patatas por champiñones en caso de que no te gusten. “¿Cómo es posible
que no pueda saber qué animal estoy comiendo?”, le dices. Por lo visto,
la empresa que distribuye la carne guarda celosa ese secreto, aunque
asegura que es de calidad y apta para el consumo humano.
La persona del pescado se dispone a marchar, y se va sin pagar la
cuenta. Preguntas al camarero, y te dice que el pescado es gratuito,
pero el estofado hay que pagarlo. El señor de antes te comenta “Si es
gratis, seguro que no es de fiar”, aunque piensas si realmente algo
puede estar más malo que la carne que te acabas de comer. Pagas una
cantidad exorbitada por un estofado malísimo, y marchas del
restaurante. En tu camino a casa, ves que en otro restaurante el
pescado cuesta dinero, aunque ni la mitad que la carne. El camarero te
dice que el pescado es el mismo, pero esta vez lo sirven con extra de
guarnición si quieres. Si no, también es gratis
A la semana siguiente, vuelves al mismo restaurante. Piensas si
probar el pescado o seguir con la carne. Nuevamente, todos los
comensales han pedido estofado. En una mesa encuentras al chico de la
semana pasada, en lugar de lenguado ha pedido merluza al ajillo. Te
invita a sentarte a su lado.
“¿Quieres pescado? Si no te ves capaz de limpiarlo, te puedo echar
una mano. Está buenísimo. Si lo pruebas y no te gusta, no pasa nada,
siempre podrás volver al estofado”. Se ríe y añade “¿De verdad te
gusta? Es malísimo”
Empiezas a dudar, y recuerdas lo que te dijeron la semana pasada. Le
preguntas acerca de la procedencia del pescado, podría ser que
estuviera en mal estado. Te contesta que ese pescado es del día, que
puedes ir tú mismo a la lonja a comprobar como el dueño del restaurante
lo adquiere todos los días. Nadie te garantiza que sea bueno, pero
resulta que sí lo es. Tú mismo puedes comprobarlo. Te comenta que los
grandes gourmets siempre piden pescado para comer. Como necesitan
cierta garantía de calidad por su estatus social, pagan a un notario
para que vaya todos los días al puerto a comprobar que, efectivamente,
el pescado es fresco. El resto de comensales se aprovechan de esto,
pues el notario no sólo garantiza el pescado de los más exigentes, sino
todos los palés que pasan por la lonja.
Además añade “¿O es que acaso puedes comprobar la procedencia de la
carne? Sabes, cualquiera puede pescar su propio pescado y comerlo como
más le guste. En cambio, la empresa que controla la carne no permite
cocinarlo de maneras que no sean las que ellos quieren. Ni siquiera
dicen qué animal estás comiendo, ¿Te parece normal? ¿Si su carne es tan
buena, qué tienen que esconder?”
“Una vez que te has acostumbrado a limpiar el pescado de espinas,
aunque tardes un poquito más en comer, te quedas más a gusto. Insisto,
te echo una mano hasta que te acostumbres. No entiendo cómo puede haber
gente que pague por esa ¿carne?”. Le recuerdas que mucha gente marcha
sin pagar. “Sí, claro que puedes irte sin pagar. Pero pudiendo comer un
buen pescado, no comería ese estofado ni aunque me lo regalasen. Y si
lo pruebas lo entenderás”
Extraído de aquí



Muy bueno…. yo cuando me preguntan hago algo parecido pero con camisas XD…. agradezco que hace ya 8 meses que como pescado y ya no recuerdo el sabor de la carne…
…. el tuyo, el de fred cpp y benux son los que visito diariamente.. gracias por la data!
Muy bueno tu blog… mantenelo con vida
saludos
Muy bueno. Sin duda que en la diversidad también está el gusto.
Saludos
[...] Hace un par de años que leí esta metáfora de la carne (Software Privativo) y el pescado (Software libre), y hoy leyendo esta entrada, he decidido “redistribuirla” en mi blog. Pongamos por ejemplo la carne como Windows y el pescado como Linux, a ver como sienta la digestión. Imagina que entras en un restaurante para comer. El camarero, antes de mostrarte la carta, te sirve un plato de estofado. El plato tiene buena pinta; cuando miras a tu alrededor ves que todo el mundo está comiendo estofado. [...]
jajaja ta weno
Muy buena metáfora… No la conocía pero es tal cual
Viva el Filet de Merluza!